lunes, 22 de noviembre de 2010

Soneto de dicha


Hasta la ciudad champiñón vine
Xiquinha, muerto de deseo por ti
mas al abrir la puerta comprendí
que es error que la pasión nos domine

Mejor que el brillo en mis ojos termine
querida morena, pues ante mí
tengo a la hermana que hace años perdí
y hoy raptaré, aunque mi vida culmine

No es necesario que lo propongas
pues mis rezos, pese al aguacero
han logrado que vengas y compongas

Mi vida, que, igual a abandonado velero,
fue perdido en aguas longas;
solo salvado por ti, gran lucero.

domingo, 24 de octubre de 2010

¿Milagro en Octubre?

- Luchín, ven – se escuchó decir a la voz dulce y melódica de su mamá. Quiero que tú y tu hermano menor de siete años sigan al Señor de los Milagros.

- ¡Pero mamá! Por qué me pides eso, si no es una festividad de nuestra ciudad. No nací en la costa, y no entiendo por qué tengo que ir. Además, recién llovió, y las calles deben estar sucias o llenas de cochas y barro.

- Hazme caso, quiero que vayas y pidas por el descanso de la cuñada de tu tío, que no falleció por su enfermedad, sino por los pleitos de sus hijos, que querían quedarse ya con lo poco que le quedaba.

- Está bien. Iré. Vamos Elfer.

-¡Ya! – gritó este último, y fue a ponerse sus sandalias blancas y negras, gastadas en el lado derecho. Estoy listo hermano - confirmó, un minuto después.

- Vamos a caminar hasta la esquina y nos uniremos a la procesión.

El adolescente olvidó su disgusto y optó por una disposición risueña y amical. Caminaron juntos, hasta que encontró a sus amigos del colegio, con su alegría infinita. Se unieron a ellos, con prisa. Elfer tuvo que apurar los pasos para no quedarse atrás.

-          Hermano, ¿por qué hay tanta gente en las calles?

-          Estamos siguiendo a la imagen de Jesucristo.

-          Pero en el colegio me enseñaron que Jesús murió en Semana Santa...

- Sí, pero es que una vez un muro que tenía su imagen no se cayó con el terremoto. Y desde entonces se le venera.

- Ah ya. Entonces es bueno seguirlo. Mira, más allá está mi amigo David, con su mamá. David, ¡hola!

- Quédate conmigo. No te alejes, vamos despacio.

Elfer lo cogió de la mano y se quedó en silencio. Entonces vio a pocas personas vestidas de morado. También vio a unas mujeres que cargaban una imagen.

-Pero ésa es la virgen María - le indicó al hermano.

- Si pues, pero vete al otro lado y verás a Jesús. Pero no ahorita - lo retuvo con un jalón. Antes de llegar a la casa lo verás.

- Ya Luchín - afirmó. Y siguió observando a la gente, que se movía cómoda entre los grandes espacios que se formaban gracias a la no muy numerosa presencia humana. Vio de todo un poco: al hombre delgado y amanerado de mochila celeste tipo canguro, pantalones cortos negros y polo blanco con dibujos de hojas marchitas, espaciadas, que entrelazaba delicadamente su brazo con el de una amiga suya, siguiendo una complicidad que no comprendió, pero que parecía ser diferente, porque un muchacho se aventuró a registrarlos con su cámara; a unos vendedores de chifles, canchitas, gaseosas, ñutos, suspiros y rosquillas, pero no vio a nadie con un turrón en la mano; a una mujer que le recordó a su mamá, por lo linda que se veía, y que quizás por eso caminaba sola; a un niño un poco gordo sentado en su mecedora, observando igual que él, con el rostro inexpresivo y la boca cerrada, pero con los ojos ávidos de curiosidad; a una mujer gorda de blusa amarilla durmiendo en su mecedora con los cánticos y los pasos arrastrados de la muchedumbre, y a su hermana parada en el umbral de su puerta celeste, que esperaba ser vista para asustarle por su imprudencia y luego reír estrepitosamente; a una mujer que comía un chupete de aguaje en un descanso que se tomó, y que cuando se sintió vista, arrojó el palo con la despreocupación de las mujeres de su tierra; y a un grupo de hombres y mujeres apiñados afuera de una casa de cerco barnizado, comprando las semillas y plantones de algo que se conocía como la planta de la vida.

- ¡Qué desconsiderados son! – opinó Luchín. Esas pobres señoras no soportan el peso de esta anda. Y sin embargo, todos observan y nadie hace nada. Esta costumbre de mirar y no ver debe cambiar. La gente se duerme y no reacciona.

- No reniegues – comentó su amiga. Te apuesto que esas mujeres serán recordadas por su colaboración en estos momentos. Segurito que el cielo les espera.

- Ya vuelta ya – gritó Luchín. Bien buena te veo. Mira, felizmente vienen a reemplazarlas.

- ¡Uuuu! Medio frío hace, me hubiera puesto mejor la chompa.

- Deja ya de lamentarte  y sigue caminando. Quedan aún varias cuadras y vas a ver que te vas a calentar.

- ¡Ñaño, ñaño! David me está llamando. ¿Puedo ir?

- No hermano. Tú has venido conmigo y conmigo te tienes que quedar.

- Pero está con su mamá. Sólo un ratito…

- Está bien. Vete, pero me esperas paradito en el Jr. Inmaculada.

- ¡Ya! - aceptó, entusiasta. Corrió donde David y los dos se pusieron a conversar.

- ¿Sabías que Jesús murió dos veces? La primera vez fue en Abril y la segunda este mes.

- No, no es así. Jesús aun está vivo, sólo que una vez hubo un terremoto, y él lo paró. Es por eso que lo seguimos, para pedir que no haya más terremotos.

- ¡Ah ya! ¿Has visto que unos señores están descalzos?

- Sí, deben ser más humildes que yo, porque no tienen ni para las sandalias.

- Pobrecitos son. ¿Y has visto a ese hombre alto? Parece una jirafa chamuscada.

- Sí, y su hijo también.

         - ¿Hasta qué hora vas a caminar? Mi mamá dijo que cada vez que sigue al Señor de los Milagros, siente una fiesta en su corazón, y que por eso iremos hasta el final.

- Voy a ir hasta La Inmaculada. Mi hermano me dijo que le espere ahí.

- ¿Y dónde está tu hermano?

- Allá – respondió, apuntando firme con su dedo índice. Está con esa chica de rulos y lentes que bebe una gaseosa. Entonces los dos niños lo miraron:

Luchín estaba contento por la tranquilidad con la que se desplazaba la gente. No había nadie con aspecto de ladrón o manoseando a las chicas. Sólo vio a un borrachín que estorbaba a las mujeres que delimitaban el área alrededor del anda. No pudo evitar reírse al ver la desesperación en sus rostros, porque el borracho tiraba de un extremo y las desordenaba, y cuando trataban de acomodarse, volvía a jalar. Las mujeres, descontentas, le recriminaron su poco criterio. Pero lo hicieron suavemente, tal como el tiempo posterior a la lluvia que cayó ese día, que lamentablemente no fue como las lluvias legendarias de hace cinco años. Añoró que el agua luche por entrar en las casas y que los truenos truenen sin miedo. Recordaba la vez que iba en moto con su papá y vio cómo un hombre que sostenía unos colchones en un camión de madera sin puertas, fue elevado con uno de ellos por el cielo hasta caer entre las hierbas gigantescas cerca al aeropuerto. Pensaba en esta y muchas cosas más, hasta que cayó en la cuenta que había llegado al Jr. Inmaculada y que su hermano no lo esperaba donde acordaron. Asustado, corrió, acompañado de su amiga, que lo ayudó a buscar entre los motocars estacionados y entre los árboles. No lo encontraba por ningún lado, y su preocupación aumentaba a medida que oscurecía. Se imaginaba a su mamá, llorando por la pérdida de su hermano, y el padre molesto, pegándole por su descuido. No, no, esto no puede pasar - se dijo a sí mismo – tengo que encontrar a mi hermano, y cuando lo haga, ya verá. Siguió buscando, en los patios de las casas, en las tiendas y hasta en un bar. Por último, fue a un colegio cercano, y cuando estaba a punto de ingresar, escuchó la vocecita calmada de Elfer. Volteó raudo, y lo vio sosteniendo un mango a medio comer. Furioso, lo jaló de la oreja y le increpó que nunca más debe hacer eso, diciendo luego que en la casa le esperaría el verdadero milagro.

miércoles, 6 de octubre de 2010

DOS FELINOS

                    Entre mis sueños recordé al felino hemipléjico que tuvo que soportar dos días aciagos de gato agonizando por la copiosa cantidad de mordidas humanas de los últimos caníbales de la tierra, pero hechas con tanto ensañamiento, que parecían el trabajo de unos cuantos jabalíes, irónicamente respetuosos, con habilidades de moto y colmillos tan largos como los clavos usados para fijar calaminas. Al gato le restaba literalmente media vida, porque las patas traseras y la columna media se convirtieron en una larga cola que lloraba sangre. Pero, en el sueño, tenía la suerte contraria al sino de su destino y descansaba sobre un sofá, en la posición inversa, con las patas traseras formando un ángulo de treinta grados, apuntando hacia arriba y dando leves golpes en el espacio. Sus patas delanteras, más largas que las otras, que estaban extendidas en la casi perfección total, salvo por el pequeño ángulo formado por los codos, se suspendían en el éter, mientras que el rostro inclinado en sentido contrario a la dirección del viento era el fiel reflejo de su suspensión en el mundo de los sueños. Lo contemplé respirar por cierto tiempo. Luego lo vi abrir sus ojos ámbar y clavarme inmediatamente esa mirada penetrante que me causó pavor e hizo arrepentirme de no poder acompañarlo. Entonces desperté y, diligente, me aproximé hacia donde estaba Enrique, conversando con una mujer de falsa piel de marfil, que sonaba a muerte. Los vi murmurar, impávidos, algo intraducible, colocar un trapo de color rata sobre la cabeza del felino y coger una fina navaja, que lo fue despojando del excesivo pelaje blanco en las patas delantera izquierda y trasera derecha, en la última de las cuales se introdujo la sustancia de poder soporífero e inmediato resultado. Luego, la pata delantera demostró la vena del grosor de dos cicatrices, por donde corrió el líquido de óxido tierno y pálido, que se detuvo a un centímetro de su trayectoria. Como no podía transitar por el cauce sanguíneo, la mujer de mejillas color jamón se colocó el estetoscopio que, apoyado por tres dedos, y sobre todo por el dedo del corazón, se posó sobre el corazón del felino. Después cogió una jeringa casi tan gruesa como un frasco de goma y llena del líquido con sabor a tranquila desdicha. El corazón se empapó y sobrevino un largo silencio. Fue entonces que comprendí que no tendría una nueva ocasión para compartir el recipiente de comida y que, sola, apreciaría el mundo bajo la palmera.

sábado, 2 de octubre de 2010

¡Carolina!. No quiero volver a escuchar ese nombre. Es ella quien me ha sumido en esta insondable tristeza y me tuvo hospitalizado por varios días, sufriendo las heridas del desamor. Yo estaba tan enamorado y feliz, pero vino ella y causó revuelo en mi vida, arrebatándome el sosiego. Aun ahora puedo sentir su aroma a magnolias frescas y recordar sus intensos y carnosos labios rojos. ¡Ah!. Esos fueron los labios de mi perdición. Nunca antes un par de ellos provocó en mí tantas ganas de besarlos, de morderlos. ¡Y qué decir de su rostro!. Muchos hombres perdieron la cabeza al verla, al fijarse en sus pómulos rosados, en su tersa tez blanca, en su nariz tan fina y en sus pestañas tan coquetas y poderosas que, en complicidad con sus ojos celestes, podían decidir mí destino y el de mis congéneres: la vida o la muerte. Su cuerpo concentraba la deliciosa figura de las mulatas y la delicadez de las blancas. En nadie más se lucían mejor los corpiños y las blusas, ya sean holgadas o ceñidas. Los primeros sugerían las hermosas formas que los segundos dibujaban bien, sobretodo de ese par de senos turgentes, exquisitos, del tamaño ideal. Su cintura, por otro lado, representaba la gloria, el trofeo máximo. Muchas batallas se hubieran podido librar con un solo propósito: enroscar, atar, anclar los brazos alrededor de ella. Y sus piernas son otra razón para perder la cordura. Son largas y firmes, suaves al tacto, al igual que esas nalgas de locura. Nadie podía dejar de sucumbir ante tanta belleza. Nadie. Ni siquiera yo. Desde el instante que la conocí, caí rendido ante sus pies, pero ella no se inmutó ante mi temblor en las piernas, mi sudor frío o mi incapacidad de hilvanar las ideas frente a ella. Y luego de su rechazo sólo me quedó deshojar margaritas en el hospital de desahuciados.

domingo, 19 de septiembre de 2010

My sister's wedding

Para la noche ya había escampado y en la ciudad se había disipado todo rastro de calor, convirtiendo al salón del hotel más lujoso en el sublime refugio de aquella noche tan peculiar como especial. La futura esposa llevaba un vestido azul marino memorable y en su rostro se apreciaba un maquillaje sobrio e impecable, delatando las artes del estilista, quien tuvo que esforzarse para mantener inalterada la belleza morena de aquélla hermosa mujer. Todos los que estuvimos presentes caímos inexorablemente rendidos ante su gracia natural y su sonrisa nerviosa. Sus manos estaban decoradas por el cetro adquirido por elección: unas rosas aun sin reventar, del color del rubor de las niñas de corazón puro. El salón de lámparas blancas exhalaba el aroma de los lirios y las rosas, que eran rosados, blancos y violetas. Luego los novios se sentaron frente a la sabia funcionaria civil que se encargó de leerles las obligaciones que tendrían como marido y mujer y transmitirles, con algunas reprimendas por adelantado, la inmemorial sabiduría que les ayudaría a gobernar la vida en común. Después de esto, los aun novios se dirigieron a pedido suyo hacia el centro de la mesa, donde habrían de demostrar su voluntad de casarse y suscribir el acta de matrimonio. Y sobrevino el momento que arrancó el suspiro de las amigas aun solteras e hizo recordar a las ya casadas la lejana vez en que lo dieron: el beso y la colocación de los anillos. Entonces los ya esposos tuvieron la ocasión de expresar la buena ventura que vivían. Él se encargó de regocijar nuestros corazones y dibujar la sonrisa en nuestros rostros, cuando dijo que había contraído nupcias con la mujer de sus sueños. Ella, un poco tímida y aun conmocionada por las palabras de su consorte, agradeció a todos. Su parquedad la experimentaron también los padres del novio, quienes no pudieron expresar todos los deseos de su corazón sin ser atropellados por la tristeza y la alegría, todo junto. Pero nadie pudo sentirlos tanto como el padre de la novia, quien tuvo que hacer pausas largas en tres ocasiones, para evitar desfallecer. Fue la primera vez que no pudo valerse de la serenidad y fortaleza que le caracterizaron tanto en los actos públicos como en los privados a los que frecuentemente asistía. La expresión de dolor en su rostro era tan conmovedora, que tuvo que buscar a tientas el hombro de su mujer, sentada en una de las esquinas, con el vestido de jersey violeta pero con los ojos dilatados y de color carmesí.  Ella, a su vez, también con las pausas que parecían ser el patrón de la noche, agradeció la oportunidad de acompañar a su hija en una ceremonia tan especial, y dijo al esposo que era bienvenido a la nueva familia, que lo acogía con los brazos abiertos. Luego el maestro de ceremonias con la voz retumbante, invitó a los novios al centro del escenario, donde bailaron algunas piezas, encontrándose entre ellas la que se encargó de producir la magia que los unió en dos. Al ritmo de yo no sé lo que me pasa cuando estoy con vos, me hipnotiza tu sonrisa, me desarma tu mirada, los esposos, felices y radiantes, se apoderaron de la pista de baile, hasta que poco a poco fueron perdiéndose en la fiesta que hubo de durar dos días enteros y que movilizó a ambas familias en torno a su prosperidad eterna.

miércoles, 15 de septiembre de 2010

Dolor

Muchas personas me preguntan qué satisfacción puedo encontrar en el dolor. Yo sé que no me entienden, para eso sería necesario que hayan nacido en mi cuerpo. Sólo quizás así podrían comprenderme. El dolor forma parte de mi vida desde que nací y ahora no puedo vivir sin él. Lo necesito tanto como el aire o el alimento diario, y lo llevo conmigo como cada uno de nosotros trae a su alma, a su sombra. Claro que para mí es un elemento más. Está presente, aunque no lo pueda ver. Pero sí lo puedo sentir, y eso me reconforta. Cuando no lo aprecio, siento que he desperdiciado el día. Claro que muchas veces me debilita o pone sombrío, pero lo amo más que a los denominados sentimientos positivos que también experimento cotidianamente. ¡Entiéndalo ya!, a esos no los necesito, no los deseo. Sólo la tristeza, la soledad y sus manifestaciones tanto física como espiritual me motivan. Aunque, de los dos, me es más entrañable el dolor espiritual, porque es insondable y porque, en las ocasiones que trasciende al nivel físico, no lo hace dos veces en la misma parte de mi cuerpo. A veces se revela en mis ojos (sobre todo cuando están cansados de llorar o gimotear), otras veces en los hombros, en el estómago o en las piernas. No entiendo qué mecanismo utiliza para elegir el órgano en el que se manifestará, pero ¡vaya que me sorprende!. Supongo que primero ingresará en mi cerebro, y éste elegirá, al azar, el destino y recipiente, el continente de mi dolor espiritual. Esto me hace feliz, porque es como jugar a la ruleta rusa. Tampoco estoy seguro si uno reproduce la misma intensidad del otro. Algunas veces me pareció que no. He tratado de estar vigilante, y distinguir cuál de los dos es más intenso. No me ha sido fácil, porque cuando los dos están presentes, uno predomina y anula al otro. Sin embargo, ahora que lo examino, me doy cuenta que el espiritual es más fuerte, definitivamente. Si hubiera una batalla entre los dos, la ganaría este último. Pero, aunque disfruto más de uno de ellos, amo a ambos. He descubierto el placer que hay en cortarse la yema de los dedos con una fina navaja. Puedo sentir cómo se traza un surco en mi piel, que se destruye poco a poco, pero da paso a la sangre, que comienza a brotar, tan roja, tan cálida, tan deliciosa. Mis ojos se obnubilan al verla descender por mis dedos y discurrir por mis brazos. Me gusta sentir su saborcito salado en contacto con mis labios. Pero eso ocurre en situaciones extremas. Normalmente me contento con dolores intensos en el cuerpo, sin necesidad de flagelarme. Sólo recurro a ello cuando el dolor espiritual no es tan acogedor, cuando se vuelve nulo. Así puedo recordarme que estoy vivo, que todavía siento.

La fuente primigenia de mi dolor siempre he sido yo, porque sólo yo lo busco y lo disfruto de esa manera. Pero, gracias a Dios, algunas personas se han encargado de alimentarlo en momentos cruciales. No estoy molesto con ellos porque, como les dije, mi gozo es particular, necesario y porque la soledad siempre estuvo presente. Lo que ellos sí hicieron, es ayudarme a acentuar, definir mi predilección. En especial la chica de cabello castaño ondulado con la que comparto mis días. Nos unimos por necesidad. Yo pensé que así podría espantar la soledad que siempre me ha embargado, y ella quería demostrar a sus padres que no sería tan desdichada como ellos predijeron. ¡Pero claro que sus padres no se equivocaron!. Fuimos enamorados por un tiempo casi extenso y al final nos casamos, pero nuestra noche de bodas no se consumó hasta muchos años después, cuando decidimos tener un hijo. Aparte de eso, no hemos tenido ningún tipo de contacto físico. Al principio yo lo intentaba, quería lograr que ella espante su tedio, pero no pude hacerlo. Cada vez que yo intentaba soprenderla con un detalle, cocinar algo rico, ella me frenaba, diciéndome, sin levantar mucho la voz, pero con la suficiente energía para entender claramente el mensaje, que nunca comería lo que yo prepare. Entonces, con su comportamiento, trazó el camino que ahora ambos recorremos, ya sin marcha atrás. Ambos trabajamos en lugares diferentes, pero siempre la dejo en el trabajo, la busco para almorzar juntos y paso a recogerla para regresar a la casa. Incluso, me quedo despierto a su lado cuando ella tiene que revisar algunos trabajos. Pero, aparte de eso, no compartimos nada más. Dormimos en habitaciones separadas y asistimos solos a las reuniones o fiestas que organizan nuestros amigos. En alguna ocasión le propuse ir juntos, pero siempre me ha dicho que eso no ocurrirá. Una vez la llevé a la fuerza a un hermoso centro recreativo, ubicado a muchos kilómetros de donde vivimos, pero esto fue un gran error. Todo el viaje renegó, e incluso me dio algunos golpes en el brazo y en el hombro, leves, como los que dan las mujeres, pero lo suficientemente claros para entender su disgusto. No disfrutamos el paseo y tuvimos que regresar. Hemos tenido varias situaciones como esa. He pensado en recurrir a terapia, pero su actitud lo hace imposible. Pensé en conversar con su mamá, quien aun está viva, pero también es una mala idea. Su mamá nunca estuvo de acuerdo con nuestro matrimonio. Y recurrir a ella es como satisfacerla. Sin embargo, no puedo separarme de mi compañera. La necesito y necesito más a nuestro hijo, con el que poco a poco estoy desarrollando una relación afectiva. Para ser sinceros, dudo que las cosas vayan a cambiar. Por eso, es mejor que siga consumiendo mi dolor.

lunes, 13 de septiembre de 2010

Fragmento

¡Bésame!, susurró -mientras la bata rosada trasparente se deslizaba por sus piernas y caía en una de las esquinas de la cama-, necesito sentir que soy la mujer para ti. Alejandro, que estaba sentado en un antiguo sofá ubicado en una de las esquinas, no dudó en hacerlo y se acercó raudamente. Pasó su brazo por su cintura, la abrazó con fuerza y la besó apasionada pero lentamente. Su boca se movió alrededor de la de Rossana, recorriendo cada centímetro, sin dejar ningún espacio inexplorado. De repente, él apartó sus labios algunos centímetros, haciendo una pausa pequeña, para besarla después repetidas veces, con avidez, como si la vida se fuera a acabar en cualquier instante. Rossana reaccionó con gestos de placer. Sus gemidos eran suaves, secos y no muy prolongados, pero bastantes cargados de erotismo. Pasó sus brazos por el cuello de Alejandro, quien seguidamente la cargó y recostó delicadamente en la cama blanca y suave. Observó todo el esplendor de aquél cuerpo canela claro y se recostó sobre ella, besándola intensamente, mientras las yemas de sus dedos transitaban por sus piernas y abdomen, hasta colocarse sobre sus manos y estrecharlas. Le dijo bajito que siempre había esperado este momento, que ella era la única mujer capaz de calmar su sed. Entonces el abdomen de Rossana se levantó y descendió levemente, formando una especie de ola. Rossana soltó uno a uno los botones de la camisa blanca de su amante, pero no la retiró: sólo la dejó abierta. Después aflojó su cinturón y le quitó luego el pantalón azul marino. Entonces le dijo que está autorizado para ingresar. Alejandro no pudo resistir, apagó la luz y en la casi total penumbra se volvieron a besar, con frenesí. Y en ese instante los dos cuerpos fueron uno solo. Sólo los quejidos y suspiros esporádicos interrumpían el silencio que imperaba en la habitación. El tiempo, a su vez, era marcado por los movimientos de aquéllos cuerpos ahora en perfecta comunión. Había mucha pasión, mucho ímpetu. Pasó cierto tiempo y no pudieron contenerse más. La pasión llegó a su clímax y experimentaron un sublime placer. Luego vino la petite mort, y ambos se recostaron en la cama. Alejandro la volvió a abrazar, mientras acariciaba los cabellos de la mujer de su vida. Y ella se sentía amada y feliz. Entonces ella empezó a contarle algunas historias, y apoyó su cabeza debajo del brazo extendido de él, hasta que ambos se quedaron dormidos, más unidos que nunca.

domingo, 5 de septiembre de 2010

Walnut

El restaurante. Los meseros mexicanos y un peruano, Camuti, se acercaban a almorzar. Ellos hablaban en mexicano. Camuti no entendía nada y los consideraba ignorantes. Los miraba por debajo del hombro. No participaba. Apareció Walnut. Era alta y mayor que él. Blanca como la nieve. Había subido bastante de peso. Cogió un plato hondo blanco y se sirvió enchiladas. Comía en silencio, en una esquina de la mesa. No quería conversar con nadie. Pensaba lo mismo de los mexicanos. Les parecían despreciables. Camuti la miró y notó cómo los años y el desvelo la habían vuelto poco atractiva. Su rostro angelical y los profundos ojos azules habían perdido un poco de su encanto. No obstante, decidió hablarle. Le dijo algo en un francés masticado. Walnut se sorprendió y lo miró con entusiasmo. Salut!, respondió. Le preguntó en inglés de dónde provenía. Qué hacía. Dónde vivía. Él respondió cada una de las preguntas. Luego ella le dijo que era recepcionista/mesera/chofer en dicho resort y que debía volver a su otro puesto de trabajo. Que había mucha gente. Se despidieron, sin mayores expectativas.

Pasaron varias semanas. Camuti disfrutaba de trabajar en dos lugares diferentes y distantes. Cada persona que conocía era peculiar. Le gustaba saber sus historias, descubrir nuevas formas de concebir la vida. Ver cómo se comportaban. Camuti, en aquél entonces, era pasional y muy práctico. Expresaba cada una de sus opiniones sin preocuparle la reacción que causaban, y vivía a plenitud cada uno de sus sentimientos, ya sea que fueran tristes o alegres, con mucha intensidad. No tenía la necesidad de estar con alguien. No le interesaba. Era un aventurero. Se volvieron a ver y conversaron un poco más. Así él supo que ella provenía de otro continente. Quedaron en tener una cita, para el jueves próximo. Ese día, Walnut le llamó al otro trabajo. Dejó un mensaje. Dijo que estaba en San Francisco, que fue a recoger a una pareja que llegaba de New Orleans, que regresaría muy tarde y que no podrían verse. Él no se inmutó. Total, estaba muy feliz con las cosas conforme sucedían.



Ronnie, el boliviano, pasó por su casa y recogió a Camuti. Fueron juntos al trabajo. Se habían hecho muy amigos. Con nadie más sentía que la conversación era tan fluída, tan natural, como si se conocieran desde niños. Era el amigo que necesitaba. El compadre, el compinche. Ronnie conocía a Walnut. Ella salía con su roommate, Alfredo, quien estaba totalmente enamorado de ella. Ya en el resort, Walnut apareció nuevamente por la cocina. Buscaba desesperadamente a Camuti. Se acercó a conversar con él y con Ronnie. Les comentó sobre el tiempo, que estaba muy agradable, que era un día de primavera y que el sol alumbraba con toda su plenitud. El frío había disminuido, podía andarse en mangas de camisa. Luego se fue. Volvió a la recepción. Ronnie le dijo a Camuti: Compadre, esa mujer quiere estar contigo. Camuti respondió que no la encontraba bonita. Él le dijo, que no, que eso no importa, que salga con ella. Pero le comentó también que salía con Alfredo, el otro boliviano y que él también trabajaba ahí, en otra área, y que era mejor que sea cauteloso. Repitió todo eso como cinco veces seguidas. Logró convencer a Camuti. Antes de salir del trabajo, él pasó por recepción, vio que Walnut estaba sola, hablando por teléfono, sentada. Se acercó, le quitó el teléfono de un solo golpe, lo puso al costado y la besó apasionadamente. Ella se quedó asombrada, desconcertada. Estuvo callada por un momento, asimilando lo que había sucedido. Luego esbozó una lenta sonrisa de satisfacción en los labios. Sintió que Camuti era lo mejor que le había pasado en los últimos doce meses. El aventurero se despidió, le dijo que se verían la próxima semana. Se fue con Ronnie.

En los días siguientes, Camuti se sorprendía a sí mismo pensando en ella. La extrañaba. Se vieron en dos semanas. Se fueron a la ciudad cercana más grande, a dejar a otros pasajeros que iban a Nueva York. Luego fueron por una calle. Ella paró. Le mostró un teléfono público. Le dijo que desde allá le llamó cuando no pudieron verse. Volvieron al carro. Volvieron rápido al resort. Mientras ella manejaba, él no dejaba de besarla. Había mucho romance en el ambiente. Se besaron hasta que se quedaron sin energías. Walnut puso en la radio un bolero, Bésame mucho, en una versión inédita, interpretada por una cantante que pronunciaba un español difícil, pero con mucha emotividad. Camuti estaba extasiado. Regresaron al resort y ella le dijo que le espere. No podía decirlo bien, porque quería expresarlo en su idioma natal, y le costaba trabajo decirlo en inglés. Él espero. Ella volvió con unas llaves. Eran las llaves de una habitación. Se metieron a hurtadillas. Hicieron el amor salvajemente. Luego se acostaron. Pero él decidió irse. Era un aventurero. Al salir, cogió algo de la refrigeradora y se paró en la carretera, esperando que alguien lo lleve hacia donde vivía, a una hora y media de allí. Al día siguiente se vieron. Camuti le comentó que se mudaría donde los bolivianos, que sus amigos ya se habían ido y que la casa estaba pagada hasta fin de mes, que él se quedaría una semana más, antes de regresar a su país. Él ya había conocido a Alfredo, quien quería ser amigo suyo, pero Camuti se resistía. La conciencia lo traicionaba. Alfredo le dijo un día antes que se mude con ellos, que no había ningún problema. El aceptó, por compromiso. Pero al día siguiente Walnut le propuso vivir juntos. Camuti no lo pensó dos veces y aceptó.

El día de la mudanza, Walnut le ayudó a colocar todas sus cosas en el auto. A las seis de la tarde ya tenían todo listo. Cuando estuvieron a punto de irse, se besaron, pero ambos sentían que algo extraño sucedía. Voltearon la mirada. Vieron que un auto doblaba por la entrada. Era Alfredo. Él los vio besándose. Walnut se acercó hacia el carro de Alfredo. Quiso hablarle, pero él no dijo nada. Luego volvió, le dijo a Camuti que se acerque, que era mejor que hablen. Camuti se acercó a la puerta del auto, sin miedo. Alfredo lo miró. Había una bien disimulada tranquilidad en su mirada. Luego le preguntó: ¿Porqué?. Él dijo que necesitaba mudarse. Volvió a preguntar por qué y Camuti le inventó una excusa, que no quería gastar en taxis y que preferiría vivir cerca al trabajo. Alfredo arrancó el auto y se fue.

Llegaron al resort. Walnut le dijo que había hablado con el dueño, pero que no pudo conseguir ningún descuento. Pese a ello, deseaba pasar los siete días con Camuti y decía que no existía precio que le impidiese hacerlo. Luego tendría que trabajar mucho para poder pagar ese monto, pero por ahora era mejor no pensar en eso. Se instalaron en la habitación que sería el mejor testigo de dicho romance. Pasaron los siete días juntos. Se amaron demasiado. Walnut le enseñó a amar de una forma que él no conocía, con un método que ella había desarrollado y que era mucho más placentero que basar el sexo sólo en el coito. Le hablaba de casarse, de vivir juntos, para siempre. Camuti no atinaba a decir nada. Era muy joven y esa idea simplemente no cabía en su cabeza. El solo hecho de pensarlo lo estremecía. Al día siguiente se fueron de viaje, recorrieron por un día entero la ciudad que más le fascinaba a ella. Visitaron sus lugares favoritos. Lugares mágicos, como sacados de cuentos de hadas. Ella le explicaba la ciudad, a la par que le transmitía todo lo que había aprendido de los diferentes viajes que había hecho, de toda la gente que había conocido. No obviaba ningún detalle. Por momentos parecía una profesora enseñando a un niño de primaria. Un niño que la observaba asombrado, ávido de conocimiento. Al anochecer, retornaron a la habitación. Siguieron amándose incansablemente. Cada noche parecía más intensa que la anterior. El amor crecía cada vez más, parecía no tener límite.

Hasta que llegó el séptimo día. El inevitable día en el que tendrían que separarse. Por la mañana fueron a dar un paseo por una ciudad cercana. Él tomaba fotos a cada instante. Quería tener un registro de todo lo vivido. Walnut, en cambio, prefería observar. Así se aseguraba de que todo se almacenase en su memoria, donde ella decía guardar los mejores recuerdos. Por la tarde ella lo llevó al aeropuerto. Hablaban bajito y estaban absortos, alejados de la realidad. Llegó el momento en que Camuti debía tomar el avión. Walnut lloraba. Camuti se mantenía en silencio. Le pedía que se calme. Prometía escribirle. La aeromoza anunció que el avión iba a partir. Camuti se vio obligado a subir. La abrazó tan fuerte que sintió que se le iba la vida. Luego subió al avión, lloró en silencio y la extrañó eternamente.

El baremo de la felicidad

¿Existe algún baremo que mida la felicidad?

Creo que la mayoría de nosotros pensaría inmediatamente en el dinero. Si nos hiciesen esta pregunta, diríamos que ése es definitivamente el mejor instrumento, porque nos permite muchas cosas: tener acceso a una mejor educación, atendernos en mejores clínicas, viajar más seguido, entre otras cosas. Ciertamente nos ayuda a obtener bienestar material, pero no es, y no puede ser, el único criterio. Si así lo fuera, al obtenerlo tendríamos asegurada nuestra felicidad y no existirían personas ricas pero desdichadas.

Hay otro elemento que los seres humanos usamos para medir nuestra felicidad, o desdicha, aunque tampoco sea el más adecuado. Cuando nos encontramos por la calle con algún amigo o conocido, no podemos evitar pensar: ¡qué bien se ve!, ¡qué delgado/a está!, mira, ¡ya se casó!, o ¡tiene dos hijos!. Y seguramente que nuestro amigo pensará algo similar: ¡es más joven que yo y tiene más especializaciones!, uau, ¡su horario de trabajo es mejor que el mío!, ¡ha avanzado bastante en su empresa!, ¡qué lindo carro!. O si no, ¡mira qué saludable se le ve, y yo que estoy tan enfermo/a!. Es decir, utilizamos la comparación, y es común medir nuestra felicidad en base a las cosas que poseemos y que nuestros amigos no, y nuestra desdicha se explica con lo que carecemos. Pero, utilizar este criterio, sería, a la larga, frustrante y ocasionaría que pasemos de un sentimiento a otro con total facilidad. Si nos dedicásemos toda la vida a compararnos, ésta se haría insufrible. Siempre encontraríamos personas más exitosas en algunos aspectos, con más talento que nosotros para algunas cosas. Por tanto, no podemos basar nuestra felicidad en ello. Lo mejor es aprender a ser felices con lo que tenemos o hacemos y entender que la mejor forma de medir cuánto avanzamos, es utilizando nuestra propia escala, cumpliendo nuestras propias metas, avanzando a nuestra propia velocidad y a la velocidad que la vida nos imprima en determinado momento. Ese es el mejor baremo.

La apremiante, y agobiante, búsqueda existencial

 
Muchas veces las necesidades existenciales son tan grandes que nos apremian a buscar una verdad, nuestra verdad, por caminos tan disímiles como peculiares. Así, mutamos de piel: pasamos de ser granjeros a ser hombres de negocios, de ser deportistas a cocineros, de filósofos a mecánicos, de fotógrafos a cantantes. Recorremos diferentes ciudades, localidades, pueblos. En suma, viajamos. Es que esta necesidad existencial nos insta a movernos, pensando que en el próximo destino encontraremos lo que buscamos a ciegas, con obsesión. Durante la búsqueda constante conocemos nuevas personas. Las observamos, pensando que en ellas se manifestará nuestra verdad. De repente encontramos una y la copiamos, la hacemos nuestra, creyendo que la respuesta encontrada es la verdadera, la real. Al momento de encontrar la que creemos nuestra respuesta, nos deslumbramos tanto que decimos a nuestros seres queridos que ya se acabó la pesquisa. Sin embargo, al poco tiempo nos desencantamos, miramos todo con coraje y decidimos mandarlo al diablo. Y nos vemos enfrascados en una nueva búsqueda, más apremiante que la anterior. Lo único que podemos apreciar como cierto, entonces, es la eterna y constante búsqueda. Nos sentimos abrumados, muchos de nuestros seres queridos se molestan, desencantan, prefieren no escucharnos, nos instan a definir todo ya, de una vez por todas o nos miran con ironía, se ríen en voz baja y piensan que no vamos a cambiar. No sabemos qué decir, así que nos quedamos callados. Nos preocupamos en silencio y deseamos con fe tener un mejor panorama, que todo se aclare. Incluso preferimos no decir por qué caminos nos llevará la nueva pesquisa. La guardamos para nosotros, esperando que el tiempo nos confirme no habernos equivocado. Pero, el tiempo transcurre y volvemos a caer en lo mismo. Nos sorprendemos y miramos todo con desilusión. Pensamos que somos así y que es mejor acostumbrarse a la idea. Pero sabemos que hay algo más allá. Ya sin fuerzas y con mucho miedo nos lanzamos a buscarla. Examinamos todo, tratando de descubrir dónde está el error, qué debimos haber hecho de otra manera. Entonces, una voz muy queda sale de nuestro interior y pronuncia algo casi imperceptible. No busques, nos dice, la respuesta está en ti. No entendemos, la ignoramos, pensamos que se ha equivocado. Optamos en cambio por aferrarnos a la última posibilidad que habíamos barajado. Y tratamos de mantenernos firmes. Dejamos que el tiempo pase, esperamos que todo se ordene. Hasta que, de repente, la respuesta surge, espontánea. Es tan clara que no necesita explicaciones ni artilugios para convencernos de que estamos en lo correcto. Antes ya la habíamos escuchado, pero la desechamos tan pronto como había surgido, por miedo. La respuesta nos ilumina completamente. La asimilamos con mucha naturalidad, porque forma parte de nosotros. La acogemos y nos sentimos felices. Descubrimos que siempre estuvo ahí, acompañándonos, esperando que le prestemos atención. Nos sentimos entonces bendecidos. Desde ese momento seguimos hacia adelante, firmes, sin dudas y vamos desarrollando nuestro talento.